domingo, 29 de marzo de 2015

Sobre cierta escena de La Comunidad del Anillo


El Señor de Los anillos gustó a frikis, canis, emos y toda tribu urbana que rondaba las calles a principios del 2000. Gustó a mi primo, a mis padres y a mis abuelos. Creo que, al terminar El Retorno del Rey, no me acuerdo si a la primera, segunda o tercera vez que la vi en el cine, pensé que había sido testigo de un espectáculo irrepetible.

Tras muchos años revisionándolas he llegado a la conclusión de que mi preferida es La Comunidad del Anillo. Comprendo perfectamente a los que prefieren Las Dos Torres (la batalla en el Abismo de Helm, joder) o El Retorno Del Rey por la infartante última hora, pero La Comunidad siempre será mi niña bonita de la trilogía. Me encanta que empiece como un cuento de hadas (Concerning Hobbits. Ay, Jackson, qué mano tienes para adaptar cuando quieres) que va oscureciéndose progresivamente, llegando a su pasaje más dramático en el segmento donde se internan Minas Moria. Creo que nadie puede negar que la escena de Gandalf encarando al Balrog al grito de “¡No puedes pasar!” se ha quedado grabada en la memoria colectiva.

Pero yo quería destacar lo que viene justo después. El mago, habiendo perdido todo su poder tras su enfrentamiento con el demonio del mundo antiguo, cae al abismo. Su silueta desciende hasta que lo engullen las tinieblas. Frodo suelta un grito desgarrador y suena un coro que te encoge el corazón. La compañía escapa de sus enemigos a duras penas hasta alcanzar la luz mortecina del exterior.  Allí les recibe un paisaje gris y escarpado, un lugar de descanso donde les asalta un dolor mayor que las flechas de los orcos y el fuego del balrog: la certeza de que han perdido la luz que guiaba su tortuoso sendero. Y tú casi puedes sentir ese dolor al verlos echarse a llorar sin consuelo, encolerizarse inútilmente por la injusta pérdida o mirar al horizonte, incapaces de asimilar lo ocurrido. 






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